lunes 21 de junio de 2021
Edición Nº1288
Actualidad » 11 may 2021

Diario del Juicio

La noche que nunca aclara

Pablo Díaz, sobreviviente de La Noche de los Lápices, declaró junto con un segundo testigo que solicitó preservar su identidad.


“Yo soy detenido, secuestrado en mi casa el 21 de septiembre de 1976 a las cuatro de la mañana por un grupo de tareas dependiente de distintas fuerzas de seguridad”, recuerda Pablo Díaz, testigo y sobreviviente de La noche de los lápices, quién presta declaración testimonial en una nueva jornada del juicio.

“Esa noche estacionan tres coches en la puerta de mi casa, en la ciudad de La Plata, zona urbana, intentan abrir el grueso portón de mi casa y como no pueden tocan el timbre. Baja mi hermano y abre la puerta, ellos entran tirando todo. Me ponen un pulóver en la cabeza y se dicen entre ellos: ‘Nos vamos ’”, relata con sumo detalle Pablo.

Lo metieron dentro de un auto, lo tiraron al piso en la parte de atrás, se subieron al coche y le pisaron la espalda durante todo el trayecto. Así, miembros de la Policía Bonaerense y del Ejército secuestraron a Pablo, quién en ese momento era estudiante secundario. 

Muchos estudiantes pertenecientes a la Unión de Estudiantes Secundarios y de la Juventud Guevarista, fueron secuestrados a lo largo de esas fatídicas semanas que pasaron a la historia como “La noche de los Lápices”.

Después de un extenso recorrido, llegaron a una estancia abandonada que pertenecía al Ejército, en la periferia de La Plata. “Una casa grande”, rememora Pablo Díaz. Se trataba del Pozo de Arana, donde actualmente se encuentra el ex Regimiento 7 de Infantería de La Plata. Allí, junto a otro grupo de adolescentes, lo desnudaron, le ataron las manos, le vendaron los ojos y lo torturaron durante una semana: “Me ponen un almohadón en la boca, ya no me preguntaban por nadie. Siento un pinchazo tapado por el olor de carne quemada. Me levantaron violentamente, me ponen en un tacho con agua. Cuando me vuelven a llevar me doy cuenta que sangraba porque me faltaba la uña de uno de los dedos del pie, me la habían sacado”, dice el testimoniante, con el semblante anestesiado por la angustia.

Luego de tres días de torturas se presentó una persona como capellán del Ejército, quien mediante artilugios le pidió a él y a sus compañeros información sobre la supuesta participación como militantes de los centros de estudiantes. Les pedía que “se confiesen” porque iban a ser fusilados. 

“Somos sacados y pasamos a un descampado, escuchábamos mucho ladrido de perro. Éramos 6 o 7 personas, había movimientos de armas, ellos hablaban. El capellán del Ejército daba un sermón, antes que cargaran las armas. Y esta vez decían: ´tiren´”, cuenta Pablo Díaz. Durante aquel simulacro un compañero fue asesinado luego de gritar “Viva Montoneros”

Días después, lo trasladaron al Pozo de Banfield. En ese pabellón de dos hileras y dos baños, formado por calabozos individuales, permaneció tres meses, aproximadamente.

Durante la audiencia el testigo remarca que todos los detenidos eran adolescentes pero que también había mujeres embarazadas que parieron en la clandestinidad y cuyos bebés fueron entregados a distintas familias, mientras sus madres creían que quedaban al cuidado de abuelos o familiares.

El sobreviviente relata que el 28 de diciembre de 1976 recibió la noticia de su traslado por parte de un mayor del Ejército: “Me dice: ‘al final se decidió que vas a vivir’”. Así, pasó a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, lo que significaba que quedaba “blanqueada” su detención.

Luego de recibir la noticia de que se acercaba a su libertad le sacaron la soga del cuello que también le ataba las manos. Más tarde, ya de noche, cuando se lo llevan del calabazo escuchaba las voces de sus compañeros que lo saludaban: “Claudia, me pidió que todos los 31 brinde por ellos. Tengo presente las voces de los chicos, de Claudia, Horacio, Panchito, que me empiezan a saludar y yo les digo que van a salir. Es la última vez que los veo”, recuerda Pablo y llora.

Esa noche es trasladado junto a otro compañero en el baúl de un auto hacia la Brigada de Investigaciones de Quilmes. Luego de un mes son trasladados a la Comisaría 3era de Valentín Alsina, donde estuvieron pocas horas. Finalmente, fueron llevados a la Unidad N°9 de La Plata en donde permaneció hasta su liberación el 19 de noviembre 1980.

Al finalizar la declaración testimonial, Pablo reclama que se les quite el beneficio del arresto domiciliario que recibieron los torturadores y asesinos:  “Pregúntense para qué es la justicia. Sáquenle la domiciliaria, les pido por favor, el crimen de lesa humanidad es el peor crimen en el mundo. Perdón, no tengo más”.

La próxima jornada del debate oral se realizará el 11 de mayo desde las 9:30 con las declaraciones testimoniales de Nora Úngaro, Marta Úngaro y Walter Docters.

*Cobertura realizada por Carolina Montenegro.

Diario del juicio. 04 de mayo de 2021. “La noche que nunca aclara”. Recuperado de https://diariodeljuicioar.wordpress.com/2021/05/08/la-noche-que-nunca-aclara

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