miércoles 12 de diciembre de 2018
Edición Nº366
Actualidad » 14 nov 2018

Cine

La pantalla bombardeada

Para quienes no siguen su carrera ni son cinéfilos atentos, Jean-Luc Godard sigue siendo aquel joven de anteojos de la nouvelle vague, el director de Sin aliento.


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¿Qué fue primero, la palabra o la imagen? El chascarrillo bien podría formar parte de Le livre d’image, el peldaño creativo más reciente de una escalinata artística que, en poco más de un año, cumplirá sesenta años de construcción ininterrumpida. El último Jean-Luc Godard, fiel a la esencia de su más reciente etapa, que casi sin discusiones posibles comenzó con Film socialisme (2010) -aunque aquí exista una fuerte ligazón formal con la monumental Historia(s) del cine-, es una disquisición de largo aliento e igual metraje sobre diversas cuestiones artísticas, filosóficas, políticas y sociales que vienen (pre)ocupando al cineasta franco-suizo desde hace ya varias décadas: el objeto y su representación, el lenguaje como trampa y vehículo liberador, los horrores del siglo XX, la historia del cine, la violencia del opresor y la del oprimido. Un ensayo audiovisual en cinco partes y un epílogo que reúne fragmentos de films populares y oscuros, imágenes de obras plásticas, videos tomados de Internet, segmentos de documentales y noticiosos, secuencias de su propia obra cinematográfica, todos ellos reabsorbidos y reutilizados por Godard en un collage que, fiel a su costumbre, también incluye textos impresos en pantalla. O bien leídos en voz alta. Y música. Y sonidos. Y furia. “Sólo en los fragmentos encontramos autenticidad”, afirma JLG citando a su amigo Bertold Brecht al comienzo de los 84 minutos que dura el viaje. A esa altura el legendario director de Sin aliento y Yo te saludo, María (dos reliquias de su era narrativa y fílmica) ya bombardeó la pantalla con varias docenas de retazos visuales y sonoros. Imagen: los botones físicos o virtuales de la suite de edición instalada en su hogar en Rolle, Suiza -refugio que el cineasta prácticamente no abandona, al menos públicamente-, alteran esos fragmentos de múltiples maneras, sabotaje visual que incluye la saturación de tonos y contrastes, el reencuadre constante, la ralentización o el congelado e, incluso, en una escena notable por la sencillez de su belleza, la utilización del pixelado como estilo de pincelada digital. Sonido: la película debe ser vista pero, sobre todo, oída en una sala de cine con sistema de sonido envolvente; así como en su anterior El fin del lenguaje Godard utilizaba el sistema de estereoscopía visual con un sentido muy diferente al de la clásica película masiva en 3D (llegando incluso a desorientar al cerebro en una famosa secuencia de disociación), las palabras y los sonidos llegan ahora desde los diversos altoparlantes de manera sorpresiva, recorriendo el espacio auditivo del espectador, el volumen variando desde el susurro al estruendo, muchas veces dinamitando la relación entre aquello que se ve y lo que se oye. Palabras: muchas veces ingeniosas, a veces profundas, otras tantas indescifrables: “Ninguna actividad será arte antes de que su época se termine. Y después ese arte desaparecerá”. Furia.

Los dedos de una mano

En el comienzo, la voz ajada y algo temblorosa del demiurgo -que en poco más de un mes cumplirá 88 años de vida- afirma que hay cinco dedos en una mano y cinco sentidos en el ser humano. La imagen de una mano alzada, señalando algo o a alguien -en realidad, un detalle en estricta monocromía de la famosa obra San Juan Bautista, de Leonardo da Vinci- es la primera que descubre, ante los ojos de la audiencia, el periplo video-audio-experimental que está a punto de comenzar. Célebre por su reticencia a dar entrevistas o a aparecer en público -incluso a encontrarse con viejas amistades, como afirma, dolida, en cámara su compañera generacional, la cineasta Agnes Varda, en su última película Visages Villages-, J. L. Godard ha sido, sin embargo, una figura omnipresente en el Festival de Cannes. Incluso in absentia. No fue allí donde estrenó su ópera prima, Sin aliento (1960), pero sí donde se subió a un escenario, en pleno Mayo Francés, para plantear la necesidad de detener por completo las actividades del festival. Allí volvería a mostrar algunas de sus películas y a competir por la Palma de Oro en ocho oportunidades. Allí también, frente a la arena y al mar, con el marco de un afiche oficial que, casualmente, mostraba una famosa imagen de Pierrot el loco, presentó este año el estreno mundial de El libro de imagen, ofreciendo la más insólita de las conferencias de prensa: a distancia, literalmente en la palma de una mano, en un teléfono celular y a través de su cuenta de FaceTime, conectada con la de los organizadores del festival. “¿Qué significa el cine en el año 2018?”, preguntó un periodista, y la respuesta llegó a través de la pequeña pantalla, en clásico y críptico estilo godardiano: “Si alguna vez dije eso, hace bastante tiempo, de que una película debe tener comienzo, nudo y desenlace pero no necesariamente en ese orden, fue como una broma. Una respuesta a realizadores como Steven Spielberg y compañía. Por supuesto, nunca transformé esa idea en un caballito de batalla, pero alguna vez hice un paralelo, que no fue muy exitoso: una ecuación en la cual X + 1 es igual a 3. Cualquier niño en la escuela primaria puede resolverla. Cuando uno produce una imagen, ya sea del pasado, del presente o del futuro, debe eliminar otras dos imágenes, cada vez, para quedarse con una buena. Esa es la llave para una buena película. Pero cuando uno dice llave, tampoco debe olvidarse de la cerradura”. El jurado oficial, presidido por la actriz Cate Blanchett, decidió otorgarle a El libro de imagen un premio inexistente. O bien creado para la ocasión: una Palma de Oro Especial, un reconocimiento tan excepcional como, muy posiblemente, irrepetible en el futuro, para recompensar a “un artista que hace avanzar el cine, que ha forzado los límites, que constantemente busca definir y redefinir el cine”.

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